¿Cómo crece la urbe de Sangolquí?

De pueblo chico a infierno grande

Hasta hace unas dos décadas, Sangolquí era tan pequeña que lo que sucedía en un extremo de la urbe se sabía en el otro, corregido y aumentado, en menos de lo que canta un gallo.

Por Víctor Vizuete E.

Pequeñita, con un damero urbano de unas pocas cuadras, sus casas multicolores de uno y dos pisos, con techos a dos aguas, parecían caramelos y terrones de azúcar echados con descuido por algún gigante sobre un verde y feraz territorio, que producía, asimismo, aumentado con holgura, todo lo que se sembraba. Incluidos, claro está, los runrunes, milagros y pecados de los menos de 20.000 habitantes de un pueblo chico e infierno grande.

En algunos sitios icónicos citadinos, como la Esquina del Saber, se cocinaban las gestas y chusquerías de traviesos sangolquileños como los UVA (Unión de Vagos Asociados) quienes, a punta de lengua y picardía, rompían la monotonía de un colectivo dedicado de lleno a la agricultura y a cimentar día a día su vocación porcicultora, cuyo máximo blasón es el archifamoso chancho hornado u hornado a secas, cuya fama tiene aroma mundial.

Un botón de ese inquieto quehacer de los UVA es el Independiente del Valle, que nació con el apellido de José Terán, en homenaje a uno de sus más conspicuos integrantes, recuerda con una nostalgia que trasciende las palabras César Cevallos, maestro de la filigrana artística en metal y miembro fundador del quisquilloso grupo.

Ese paraíso nacional, que reforzaba su atracción con las vecinas y saludables fuentes termales de El Tingo y La Merced, solo es un recuerdo, del que se cuelgan como náufragos de la cuerda salvadora unos pocos coterráneos chauvinistas, quienes todavía reclaman que “Sangolquí debe ser para los sangolquileños”.

Pero la realidad es otra. Con más de 80.000 habitantes (más de 120.000 en todo el cantón Rumiñahui) esta coqueta urbe, que ya forma parte del conurbano de Quito, vive otras necesidades y otras urgencias. Las mismas que son de difícil solución por varias razones, la principal: su vertiginoso crecimiento, que dejó todas las previsiones municipales en contravía.

Claro, esas urgencias no satisfechas devinieron en lo que los urbanistas llaman “males urbanos”, faltantes y falencias que pensamos tratar de darles cuerpo en futuras publicaciones. Hasta entonces, quisquillosos coterráneos.